Conmoción en el mundo por la muerte de Maradona: "No lo puedo creer" es TT

Actualidad 25 de noviembre de 2020 Por redacción WTF
El astro mundial no pudo superar su operación de edema cerebral. El planeta entero lo despide en las redes.
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Asistido por médicos, psicólogos y su círculo íntimo, Diego Armando Maradona se recuperaba a las afueras de Buenos Aires de la operación de un edema cerebral y de un cuadro de abstinencia, pero su cuerpo no resistió y murió, dejando al mundo entero en shock.

Con 60 años recién cumplidos, la muerte del 10 vuelve a demostrar la devoción que todos sentían por una figura tan polémica como talentosa.


El hijo de Fidel Castro, Tony Castro, le había ofrecido reponerse en Cuba, a salvo de miradas indiscretas.

También recibió una propuesta similar desde Venezuela.

Pero el campeón del mundo en México 86 eligió una casa en un barrio privado de la localidad bonaerense del Tigre, unos 30 kilómetros al norte de la capital argentina, donde falleció.

 “En unos 15 días ando por allá”, les dijo el martes a los jugadores del equipo que entrena, Gimnasia y Esgrima La Plata a través de su primera videollamada con ellos tras la operación. Preguntó por cada uno de los futbolistas y se interesó por la formación elegida por sus asistentes para el siguiente partido. “Está espléndido, lo vimos bárbaro. Nada que ver con la imagen que quedó el día de su cumpleaños. Estamos muy contentos”, dijo un integrante del equipo.




Su cumpleaños fue el 30 de octubre. Ese día, que coincidía con el regreso de la competición argentina de fútbol tras el paréntesis por la pandemia de covid-19, Maradona acudió al estadio de Gimnasia, pero no participó de la victoria de su equipo por 3-0 contra Patronato.

Las cámaras mostraron a un hombre débil, con dificultades para caminar, que solo permaneció un par de minutos en el banco de suplentes y después volvió a su casa.

A los tres días, fue ingresado por un supuesto bajón anímico tras una semana “complicada emocionalmente”, “de mucha presión”, según su médico personal, Leopoldo Duque. 24 horas más tarde, entraba en quirófano de urgencia para ser operado de un hematoma subdural. La intervención fue exitosa, pero su hospitalización se prolongó para tratar su adicción al alcohol y los ansiolíticos.

“La abstinencia se debe al consumo de toda su vida. Vemos una reacción de sudoración, de ira, y la catalogamos como abstinencia. Por eso no quisimos dejarlo ir, insistimos”, declaró Luque a los médicos.

Maradona permaneció hospitalizado ocho días, durante los que decenas de seguidores se acercaron hasta la clínica Olivos para dejarle mensajes de aliento.

Al recibir el alta, el ídolo argentino recibió aplausos y vítores de los presentes. “Diego está entero, está firme, hay Maradona para rato. Lo que hace falta ahora es una unión de la familia y estar rodeado de profesionales de la salud. Y con los médicos y la familia va a estar Diego como tiene que estar, que Diego tiene que estar feliz y le tenemos que devolver entre todos el cariño y la felicidad que nos dio”, destacó el abogado y agente de Maradona, Matías Morla.

Una vida marcada por las adicciones

Diego padecía de una recurrente adicción a la cocaína; un corazón que hacía varios años trabajaba al 30%; la obesidad que lo golpeó a comienzos de siglo -llegó a pesar 120 kilos-; el by pass gástrico al que había sido sometido en 2004; sangrados estomacales cada vez más habituales; problemas severos con el alcohol; un puñado de operaciones que sufrió en sus rodillas y la infinidad de golpes brutales que recibió en su época de jugador, incluida la fractura de un tobillo.

“Es evidente que tengo línea directa con el Barba”, había dicho en 1997, en referencia a Jesús, después de una de sus habituales resurrecciones.

El encierro con el que intentó evitar contagiarse de coronavirus no ayudó a Maradona, que pasó sus últimos días envuelto por una depresión, también explicada por el hematoma subdural detectado en una clínica de La Plata, la ciudad en la que dirigía a Gimnasia. Maradona ya estaba internado desde el 2 de noviembre, una geografía habitual en sus últimos años: las clínicas, los traslados en ambulancias, los quirófanos y las vigilias de sus hinchas en las puertas de los centros médicos. Cuánto más sufría el ídolo, más se apostaban sus feligreses.

“Maradona siempre un depresivo, un melancólico crónico”, lo diagnosticó su médico de la década del noventa, Alfredo Cahe. Las muertes de sus padres -Doña Tota. en 2011 y Don Diego en 2015- resultaron dos golpes anímicos que terminaron de desestabilizar su mapamundi familiar, pletórico de conflictos con su exmujer, Claudia Villafañe, e incluso algunas de sus hijas.

El último Maradona, ya lejos de la cocaína, pero con problemas con el alcohol, tampoco podía acudir a su palabra. El hombre de las grandes frases ya solo se comunicaba públicamente a través de comunicados escritos por sus voceros en su cuenta de Instagram.

Maradona les dio tanto a sus adoradores que hasta pareció haberles ofrendado su vida. Mucho más humano, empático, rebelde y contestatario con el poder que el resto de los ídolos, pero a la vez dependiente del cariño popular, se fue llenando de cicatrices y sumando golpes. En su enorme producción de frases, Maradona dejó cientos de menciones relativas al hastío, el dolor y la muerte.

Ya en 1981, todavía en el fútbol argentino, el Pelusa empezó a gritar en el desierto: “Me estoy cansando, cada día me saturo más, no aguanto más. Quiero largar el fútbol. Cumplo el contrato con Boca y dejo el fútbol por un tiempo”.

Al año siguiente, pocos meses antes de su pase al Barcelona, dijo en tercera persona, como si ya prefiriera mirarse desde afuera: “La gente tiene que entender que Maradona no es una máquina de dar felicidad”. Entonces intentó tapar esa angustia con la cocaína, a la que recurrió por primera vez en España, a fines de 1982, durante su volcánico paso por el club catalán.

Maradona nació dos veces, el 30 de octubre de 1960 en los suburbios de Buenos Aires y el 22 de julio de 1986 en Ciudad de México, cuando le convirtió a Inglaterra el macho alfa de los goles y el más ilegítimo, la deificación de un futbolista con las llagas de la guerra de Malvinas todavía abiertas. Pero enseguida comprobaría que el éxito no inmuniza. “Yo sufro terriblemente, me destruyo y no soy capaz de salir adelante. Es el peor momento de mi carrera”, diría apenas tres meses después, en octubre de 1986, cuando nació su primer hijo extramatrimonial.

Aunque México 86 y sus títulos lisérgicos con el Napoles siempre se mantendrían como globos aerostáticos de la felicidad futbolística, Maradona comenzó a perder varias batallas. Su carrera se fue desvaneciendo entre el rechazo de sus enemigos (también contados de a millones), la traición de los suyos (hasta la Camorra napolitana le soltó la mano), sus controles antidopaje positivos y su adicción. La caída del 10, el ventrílocuo del pueblo, terminó de convertirlo en un héroe trágico. En el recuerdo popular a su salida por efedrina del Mundial 1994 quedó una de sus grandes frases, “Me cortaron las piernas”, tal vez porque era más liviano que atender otro de sus pedidos de auxilio desesperado, el de “No tengo estímulos para vivir”.

En los años siguientes, antes y después de su retiro en 1997, Maradona empezó a coquetear con la muerte en los hechos y en las palabras: “Déjenme vivir mi vida, no quiero ser un ejemplo. Yo tampoco muerto encontraría paz. Me utilizan en vida y encontrarán el modo de hacerlo estando muerto”. Internado una y otra vez, incluso en un neuropsiquiátrico, la cocaína casi lo mata en Uruguay en 2000 y en Cuba en 2001.

Como si el fabricante de alegrías ajenas también fuera un catalizador de desgarros internos, el Pelusa llegó a desear una muerte diferente a la del Libertador argentino, el general José San Martín, que falleció en 1850 en Francia. “San Martín se tuvo que ir a morir afuera, pero yo me quiero morir en mi país”. Lo cumplió: fue Maradona hasta en su muerte.

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