Medvedev frenó el sueño de Djokovic en el US Open

Deportes 12 de septiembre de 2021 Por S&
El ruso brilló para ganar su primer Major y negarle al N°1 del mundo el Grand Slam de año calendario: triple 6-4 en un partido histórico.
Captura de pantalla 2021-09-13 a la(s) 00.47.14

El ruso Daniil Medvedev es el nuevo campeón del US Open al imponerse en la final a Novak Djokovic por un triple 6-4, tras 2h 15m. De esta forma, el tenista ruso, de 25 años y con un solo set cedido en todo este recorrido neoyorquino, elevó su primer grande y apartó al número uno de las dos marcas históricas que tenía a tiro: la obtención del Grand Slam (el póquer de los cuatro majors en una misma temporada) y los 21 con los que hubiera superado por primera vez a Rafael Nadal y Roger Federer en la carrera por ser el jugador más laureados de todos los tiempos.

Medvedev, dos del mundo y que en enero había sido batido por Nole en la final del Open de Australia, se convirtió con su éxito en el primer representante masculino de su país que celebra un grande desde que lo hiciera Marat Safin en 2005, en Melbourne. Por el contrario, Djokovic terminó entre lágrimas, consumido por las expectativas.Hasta una mente tan bunkerizada y tan privilegiada como la suya es permeable a la duda. Al número uno, nervioso de partida, le costó encontrar su sitio en la final y lo pagó muy caro, carísimo, con un arranque en forma de accidente. Para cuando se entonó, Medvedev ya le había roto una vez el servicio y esa dentellada le costó el primer set. La palanca del ruso hizo estragos en esa franja inicial, implacable el número dos, que se sabía el guion al dedillo y sencillamente tiró de lógica y dedujo que lo mejor era abreviar y acelerar, a su estilo: a nadie le interesa enzarzarse en el peloteo con Nole, luego saque, saque y más saque. Martillazo a martillazo, la manga al bolsillo. Un ronda más, eran cinco consecutivas, Djokovic a remolque.

Ávido de historia, el aficionado neoyorquino interpretó que era la hora de dar un empujón anímico al balcánico, paliducho y excesivamente contemplativo, sin la autoridad habitual para hacerse con la iniciativa. “¡Nole, Nole, Nole!”, se pronunció la central de Nueva York cuando había deshecho un lío (2-0 y 15-40 en contra) e intentaba recuperar el terreno perdido con más corazón que convicción, con la sensación de que hiciera lo que hiciera, ahí iban a llegar las interminables extremidades de Medvedev, o que por mucho que se estirase e intentara anticiparse a los servicios abiertos del moscovita iban a ser inalcanzables: pleno de primeros, solo tres cedidos con los segundos. Bingo para él. Y luz roja para Nole, 10 errores de partida.

Set abajo y sin procurarse una sola opción de break, Djokovic continuó transmitiendo la impresión de estar demasiado tenso, con el brazo agarrotado y envuelto por un millón de fantasmas, mientras que a su rival no le temblaba lo más mínimo el pulso. Puntada a puntada, como si no sintiera ni padeciera, Medvedev fue descosiéndole el temple y obligándole, y Djokovic buscó la variable yéndose hacia adelante en la continuación. Más incisivo y asomándose a la red, el número uno empezó a divisar algún que otro rayo de luz, pero nunca suficiente. Frío como el hielo, el ruso le negó y hurgó en su derecha, sin pólvora y errática, y tampoco aportaba noticia alguna el revés paralelo con el que dicta. Es decir, el volcán empezaba a crepitar.

No atinó Nole en las tres primeras opciones de rotura que se granjeó, y a continuación tuvo que apagar otro fuego al desbaratar otras dos para su adversario. Después, tras golpearse los muslos por la frustración, liberó todo lo que llevaba dentro reventando la raqueta contra el asfalto porque tenía controlado un punto y apuntaba al break, pero el juez de silla detuvo la acción debido a un sonido extraño por la megafonía y llegó el calentón: primero el amago y luego, tras un resto largo, la explosión: ¡Zas, zas, zas! El arco de su raqueta hecho pedazos y un escenario todavía mucho peor, al entregar de nuevo el saque (para el 2-3 adverso en esa segunda manga) y definitivamente desordenarse. Sin un patrón de juego definido y desubicado, se estrelló contra el frontón.

Enfrente, Medvedev no bajaba el tono e insistía. Le venía a decir el ruso en cada intercambio que él no iba a ceder y que no iba a ofrecerle una sola rendija. Si a comienzos de año bajó la guardia en la final de Australia, esta vez no aflojó ni un ápice, firme de principio a fin el gigantón, en ese modo robótico que desdibuja hasta el más compacto. Inánime y descolocado, sin chispa ni espíritu de insurrección, Djokovic le abordó con balas de fogueo y contragolpeó a la desesperada, buscando el saque-red en la recta final. Ni así desprendió en ningún momento la impresión de poder hacerle cosquillas a su rival, cada vez más a gusto y cada vez más inabordable; formidable desde el punto de vista estratégico y vencedor por ko técnico.

Arañados dos breaks más en el último set, con tan solo una concesión mínima de Medvedev que simplemente alargó el cronómetro, Nole fue doblándose sin remisión. Ofuscado, se entregó entre resoplidos y sin señal alguna de rebeldía, como si ahí abajo no estuviera el verdadero Djokovic y le hubiera suplantado un holograma descafeinado. No estuvo el serbio en ningún momento. No le sirvió de nada ese arreón final, ya todo decidido. Si en Melbourne le salió el plan a pedir de boca, 7-5, 6-2 y 6-2 en aquella noche australiana, en esta ocasión fue el ruso el que lo bordó, y a él le engulló la gigantesca presión de cerrar el Grand Slam –el último hombre en lograrlo fue Rod Laver, en 1969, y la última mujer Steffi Graf, en 1988– y de adelantar por primera vez a sus dos contendientes por la historia. Tras varios años llamando a la puerta, Medvedev por fin se encumbró. Su gloria es la pena de Nole.

Captura de pantalla 2021-09-13 a la(s) 00.47.53

S&

Te puede interesar